CAMILO BLAJAQUIS
Tiene 21 y hasta hace cinco meses estuvo 5 años encerrado en un instituto de menores cumpliendo una condena por secuestro extorsivo. Ahora, en libertad condicional por buena conducta, acaba de publicar un libro de poesía, estudia filosofía en la U.B.A., edita una revista y dice: “Para todos soy el pibe chorro recuperado. Yo sé que soy cien veces más que eso”.
Por Julieta Roffo
Nos sentamos con César González en la mesa de uno de los tantos bares que rodean a la Plaza Devoto. Sus hermanos vinieron con él desde el barrio Carlos Gardel y se van a dar unas vueltas a la calesita. Nos toman el pedido mientras varios de los que entran miran con cierto prejuicio. Él se ríe, porque, lo dirá dentro de un rato, sabe que es cien veces más que “el pibe chorro recuperado”.
Desde que tenía 16 recién cumplidos, a mediados de 2005 y hasta hace cinco meses, estuvo algo más de cinco años encerrado en institutos de menores y penales, cumpliendo una condena de siete años por secuestro extorsivo. Hoy, con 21, tiene libertad condicional por buena conducta.
De todo esto, habla lo justo y necesario, pero ni una palabra más. Prefiere conjugar el presente, sin olvidar el pasado, y aventurar algunos futuros.
-¿Cómo fue tu acercamiento a la lectura y la escritura cuando estabas preso?
-El mago Patricio Merok –que se acercó a los chicos con un taller de magia pero que también les acercó libros del Che Guevara, de Rodolfo Walsh y de Julio Cortázar entre muchos otros– tuvo un papel decisivo y determinante para mí, hubo algo me hizo escucharlo. Aparte de darnos sus trucos nos hablaba del Che, de Santucho, de John William Cooke… Y a mí me llamaron la atención esas cosas: me fue transmitiendo saberes, construimos una amistad, y me fue regalando libros. Somos muy amigos, uno de los pocos amigos, amigos, que tengo, que ahora anda por el Borda y el Moyano buscando nuevas potencialidades donde nadie cree que las haya.
Con la lectura arrancó un proceso largo que hizo que se me cayera la venda de
los ojos. No es que leí el primer libro y dije enseguida: “Voy a ser un revolucionario”, pero fue hermoso empezar a pensar, a formarme ideológicamente, a entender por qué había terminado encerrado. Saber que
no era un monstruito como me querían hacer sentir los jueces, sino una consecuencia social.
-¿Y cómo fue ese camino?
-Está recién empezando, y falta un montón. Tenía 16 años, estaba encerrado, venía de ser baleado por la Policía, entonces pensaba “Uy loco, soy un guacho, qué hago acá adentro”. Y pasaron varias cosas que me pusieron a pensar: una de ellas fue la muerte, a los 26, de mi tía, mi confidente.
Ese fue un golpe muy duro para mí. Así que lo primero en lo que pensé fue en cambiar mi voluntad, y pensar y leer fue algo secundario… O complementario. (N. de la R. César elige milimétricamente cada palabra, cambiándola infaliblemente por una mejor siempre que quiere ser más preciso).
-¿Cómo convivían lectura y escritura con la vida cotidiana de la cárcel?
-Creo que hay momentos y hay lugares para cada lenguaje. Con los pibes hablaba en otro código, y ahí te dabas cuenta de que no habían tenido herramientas, que la historia que tenían detrás era bien difícil. No voy a ser tan ingenuo de hablar con un pibe en la cárcel en un lenguaje técnico, intelectual, porque me va a decir: “Gil, hablame bien”. Y con los guardias… No todos bardeaban.
Como siempre, hay verdugos, hay no verdugos. La cárcel tiene sus códigos de convivencia que están hace un montón, ¿quién soy yo para cambiarlos? No les iba a ir a leer a los pibes un cuento de Cortázar porque había que estar atento a que no caiga la requisa. Fue más bien una experimentación personal, necesitaba salvarme a mí antes que pretender salvar al otro.
-Después de leer, llegó el momento de escribir, ¿cómo surge tu producción?
-Escribir no fue un objetivo que me planteé. Fue algo que apareció, una necesidad
que me surgió para decirme a mí mismo lo que estaba pasando en mi cabeza, a través de la escritura. Y así aparecieron cuentos, ensayos, pero sobre todo poesía.
Y estando en el Instituto Agote, a finales de 2007, conozco a unos pibes que daban un taller de literatura, y les gustaba lo que hacía. Entonces me preguntaron si quería tener un blog. Yo no sabía ni lo que era, así que ellos me lo armaron, me dieron una contraseña, me explicaron cómo usarlo y empecé a subir mis cosas. Después, cuando me trasladaron a un penal en el que no había Internet, llamaba a mis amigos y subían los textos, se los pasaba por teléfono.
Y al día de hoy lo mantengo actualizado, subiendo mi obra.
Creo que la escritura es el amigo que nunca me va a fallar, la novia que nunca
me va a dañar. Es un refugio que voy a tener siempre, y aunque sea algo abstracto, muchas veces de allí recojo afecto y consuelo.
En su flamante primer libro, La venganza del cordero atado (Ediciones Continente), encabezando sus poemas abundan las citas de Jorge Luis Borges, de Roberto Arlt, de Pablo Neruda, de Spinoza, y varias de Patricio Rey, banda de la cual el autor se confiesa “investigador más que fanático”, y admirador de su potencia creadora. Allí, en esas páginas, César se convierte desde la tapa en Camilo Blajaquis, nombres que tienen raíz en Camilo Cienfuegos, uno de
los mayores líderes de la Revolución Cubana, y en Domingo Blajaquis, cuya muerte Rodolfo Walsh narra en ¿Quién mató a Rosendo? Pero el seudónimo cumple una función más profunda que el homenaje:
-Lo uso desde que empecé a escribir.
Hay que ser sincero: César González a mí no me gustaba y quería ponerme un seudónimo. Pessoa usaba cinco, el Indio es el Indio, no Carlos Solari. Quería un nombre para firmar mis textos. No dije “busco el nombre de dos revolucionarios, así mi nombre pega el día de mañana”. Eso lo crea el otro, no uno. Yo busqué un seudónimo para alguien nuevo que estaba naciendo y que estaba escribiendo, necesitaba ponerle un nombre a eso que nacía dentro de mi ser.

















