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FEDERICO GIL SOLÁ, EL REGRESO DEL EXILIADO

De la adolescencia forzada en los Estados Unidos a su consagración en Divididos, la historia del baterista que cambió la manera en la que suenan los power trio en la Argentina. A casi 20 años de su salida de la banda de Mollo y Arnedo.

Wednesday, 28 May 2014 | Written by  Francisco Anselmi | Fotos: Ariel Bacca

Junio de 1977, San Francisco, California, Costa Oeste de los Estados Unidos. Un argentino de 15 años emprende un viaje de 613 kilómetros hacia Los Angeles para ver a Led Zeppelin, la banda que, a una década de su creación, ya era considerada una leyenda entre sus amigos de la secundaria. Aunque en ese entonces no le gustaban los cantantes "chillones y amantes del falsete" como Robert Plant, el joven sabe que su melomanía irrefrenable nunca le perdonaría perderse el show. Esa misma semana, su enfermedad –gustosa, pero cruel al fin- le obligaría a comprar también una entrada para el festival que encabezaba Alice Cooper, junto a The Kinks, en el Angel Stadium.
Federico, el muchacho que en 1978 presenciaría también la diatriba punk de los Sex Pistols en el estadio de Winterland, en San Francisco, no imaginaba que tres años después John Bonham, el baterista de Zeppelin, moriría por una ingesta excesiva de vodka con naranja; ni que Ray Davies, líder de The Kinks, tiraría su guitarra contra el piso y, sólo tres canciones después de haber comenzado, abandonaría el escenario. Tampoco sabía que aquella noche que vio a los Pistols sería la última vez que se presentaban en público. Federico Gil Solá tampoco previó que, dos décadas después, regresaría a la Argentina y se convertiría en el baterista que pateó el tablero, incorporó el bombo legüero a la estructura del rock de los noventa y transformó para siempre la manera en que un hombre debe hacer sonar los parches detrás de la maquinaría de un power trio.

 

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En Hurlingham la siesta por la tarde es sagrada. Son pocos los vecinos que se animan a salir de sus hogares hasta pasadas las 17, cuando la mayoría de los negocios de la zona comercial abren sus puertas. Hasta entonces, las calles desoladas se parecen al Lejano Oeste retratado en las películas de Hollywood. Cerca de la estación del tren San Martín, un portón de hierro separa las veredas vacías de uno de los sótanos en los que se crearon algunos de los mejores temas de los últimos veinte años del rock argentino. Al lado del timbre del portón puede verse un sticker con el antiguo logo de YPF, pero con las iniciales FGS, que indica que ésta es la puerta de la sala de ensayo de Federico Gil Solá, el exbaterista de Divididos y Los Exiliados.
Federico llega con diez minutos de atraso, saluda con un apretón de manos y abre la puerta del sótano que funciona como sala. Mide alrededor de un metro noventa, conserva el estado físico de hace veinte años y tiene un tono de voz suave y gentil que acompaña con su característica verborragia. La sala tiene su historia. Los anteriores dueños del llamado ahora Aloe Estudio fueron el guitarrista Ricardo Mollo y el bajista Diego Arnedo, con quienes Federico integró Divididos hasta 1995. Ahora el sótano lo utiliza como su sala de ensayo, estudio de grabación y escuela de batería.
-Pasen, que voy a ventilar un poco la sala.

 

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La familia de Federico abandonó la Argentina cuando él tenía once años, poco tiempo después de que le compraran la primera batería, una Nucifor, de industria nacional. Hacia mediados de la década del sesenta, su madre, Astrid, formaba parte de la Juventud Peronista y estuvo en los comienzos de la Acción Revolucionaria Peronista, fundada por John William Cooke en 1967. Su padre, Jorge, era militante del Partido Socialista: ambos aparecieron en las listas negras de la Alianza Anticomunista Argentina (la Triple A). Hacia 1974, la situación en el país comenzó a ponerse espesa para la familia Gil Solá, cuando los bomberos desactivaron una bomba que había sido colocada en la puerta de su casa, en Retiro. El padre partió a Suecia, donde todavía vive, mientras que Federico y su madre se mudaron a Chicago, Estados Unidos, al departamento de su padrastro, Robert. En un principio pensaron que se quedarían algunos meses, pero el golpe cívico-militar producido en la Argentina, en 1976, complicó aún más la situación. Al poco tiempo se mudaron a San Francisco, California, donde Federico empezó a formar su oído musical, y pasaba días enteros encerrado en su habitación escuchando a Pescado Rabioso, Arco Iris, o Plus. Pero después empezó a nutrirse del rock californiano y llegó a tocar en cuatro bandas de rock.
Federico está sentado de espaldas a la consola de su estudio de grabación. Al lado de la mesa hay algunos DVDs de Led Zeppelin y el baterista James Gadson. En una repisa contigua brilla la estatuilla azul que ganó como "mejor baterista" en la fiesta de los 20 años de Rock & Pop. Las paredes están decoradas con afiches de Fela Kuti y The Meters y fotos de amigos, entre ellas resalta una del fallecido músico Rodolfo "Polaco" Riedel, ex El Reloj y guitarrista que colaboró en el disco que grabó en 2005 con Los Exiliados, LA SUERTE Y LA PALABRA. Entre los afiches y fotos puede resalta un cuadro colorido firmado por el artista plástico y exbajista de los Redondos, Semilla Bucciarelli.
-Ahora caigo en la cuenta y digo "la puta, tuve un culo enorme". De pibe, para mí era algo natural estar en Estados Unidos y vivir la música de esa manera. Pero cuando pasaron los años me di cuenta que no era lo usual.
Federico dice que, desde los 14 años, ya llevaba un estilo distinto al de los bateristas de su edad. En aquel entonces, la mayoría privilegiaban el virtuosismo por sobre la canción.
-Parece mentira, pero yo era un pibe que no tocaba con técnica, porque no la tenía, pero sí con autoridad y onda. Eso me abrió puertas a muchos grupos. Escuchaba música y tocaba naturalmente en función de las canciones. Hay cosas de ese momento que me gustan mucho más que lo que hago ahora. Creo que no desarrollé nada en estos años.
Federico se ríe. Nunca tomó clases de batería. Ni siquiera fue a practicar con un profesor que lo oriente sobre cómo tenía que pegarle, o de qué forma podía conseguir aquel sonido salvaje pero prolijo que supo crear en este tiempo. Durante los primeros años de aprendizaje, su método estaba basado en tres aristas: como hacen muchos guitarristas en sus comienzos, tocaba arriba de los discos. Después, se armó de experiencia grupal tocando con toda banda que quisiera contar con él entre sus filas –llegó a ensayar en cuatro grupos distintos todos los días-. En Estados Unidos formó la banda Young Adults y presenció muchos recitales sólo por el hecho de estar presente ante acontecimientos históricos. Estuvo en un concierto de Pink Floyd, en 1977, en el marco de la gira de ANIMALS. Su primer trabajo profesional lo consiguió a comienzos de los ochenta, con Wire Train, un grupo alternativo con un sonido que respetaba mucho el estilo New Wave que preponderaba en la época: guitarras con delay, mucho reverb para las voces y canciones muy pegadizas. Con ellos lanzó el disco CHAMBERS OF HELLO (1984), que el cantante de U2, Bono, eligió como disco del año en la encuesta que hace anualmente la revista New Musical Express (NME), de Inglaterra. La falta de comunicación de aquel tiempo hizo que Federico descubriera ese dato hace pocos meses, cuando volvió a comunicarse con los integrantes de Wire Train por Facebook.
Fue en los ochenta cuando comenzó también a despegarse de la idea de ser sólo un baterista para ser un músico en función global. Y, junto con el ocaso de la primera oleada punk en los Estados Unidos, empezó a incursionar en la guitarra acústica, la mandolina, el acordeón y la percusión. Su abuelo le enviaba desde Argentina las ediciones de la revista Pelo para que estuviera al tanto de cómo se gestaba en el país el nuevo rock en tiempos de democracia. Regresó por primera vez a la Argentina en 1985. Sin novia y sin trabajo, visitó a sus abuelos dos meses y aprovechó para ver los shows de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota antes del lanzamiento de GULP! y a Sumo en el estadio Obras. Ese mismo día conoció por primera vez a Luca Prodan y a los que terminarían siendo sus compañeros de banda, Mollo y Arnedo. En 1990 volvió al país con la idea de quedarse a tocar. Tenía un bombo bajo el brazo y, dice, quería incorporarlo al rock como sea. Los Violadores lo invitaron a tocar la percusión en el show de Obras, el 18 de agosto de ese mismo año, que quedó grabado en el disco EN VIVO Y RUIDOSO, pero cuando escucharon su propuesta, la desecharon de inmediato.
-Yo realmente no sabía tocar el bombo. Pero tenía claro que quería un grupo que combinara el rock con algo de la música popular argentina. Me parecía interesante. No quería hacer una copia de The Cure o los Rolling Stones. Las bandas que más les interesaban a mis amigos de Estados Unidos eran Sumo o Los Redondos, por el laburo que hacían Skay (Beilinson) o Tito Fargo en las guitarras. Claro que también Mercedes Sosa, Roque Narvaja, Arco Iris e incluso Sui Generis, porque hacían cosas que no se sabía bien de dónde salían. De Seru Girán se cagaban de risa porque era evidente que tenía una mezcla de Chick Corea. Era como si nosotros escucháramos a un irlandés imitando a Carlos Gardel.

 

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Las paredes del único pasillo del sótano que distribuye a los distintos ambientes de la sala de Federico están decoradas con cuadros históricos. El más nuevo es el afiche del relanzamiento de sus dos discos de estudio, LEAVING LAS VERGAS (2001) y LA SUERTE Y LA PALABRA (2005), grabado con Los Exiliados. Apoyado en el piso hay un collage con varias fotos de las presentaciones que Divididos hizo en el estadio Obras. Entre ellas, una en la que se lo puede ver vestido con poncho arriba de un caballo, en la presentación del disco ACARICIANDO LO ÁSPERO, el 23 de mayo de 1992.
Cuando Federico llegó a la Argentina, en 1990, hacía un año y medio que no tocaba la batería. Eso fue gracias a lo que él define como "emboles periódicos" que le surgen cada tanto con la música y la vida. Su último trabajo había sido como percusionista de Penelope Houston, la excantante de la banda punk Avengers. La periodista Gloria Guerrero le comentó que necesitaban rockeros de pelo largo para hacer la publicidad de shampoo Swing, para la cual pagaban una cantidad de dinero más que generosa para ese tiempo.
-Me dijeron que pagaban veinte mil australes, pero siempre supe que no iba a cobrar esa plata. Aunque como estaba al pedo no dudé en ir a ver qué onda.
La mujer que lo recibió en la recepción del estudio de filmación, era Silvina, entonces novia de Arnedo, que Federico recordaba haberla visto aquella vez en el camarín de un show de Sumo en Obras. Ella le comentó que tras la salida de Gustavo Collado –primer baterista- de Divididos, su pareja estaba buscando un músico para su banda. Le tomó los datos y, cuatro días después, Federico recibió la invitación de Arnedo para ensayar en este sótano de Hurlingham donde estamos ahora. Después de algunas pruebas, se unió a la formación más determinante del grupo, la que supo quebrar con el sonido de la década del ochenta gracias a dos discos que serían fundamentales para sostener el movimiento del rock argentino en el noventa, ACARICIANDO LO ÁSPERO (1991) y LA ERA DE LA BOLUDEZ 1993.
-Al principio fue todo una locura. No podía creer estar en la Argentina, más en un lugar como Hurlingham, ver a un tipo como Diego con el bajo entre las piernas y cantando: "¡Besame, besame, besame, da la vuelta y besame!". Era un delirio de otro planeta. (...Continúa)

Lee la nota completa en la edición N°28 de Mavirock revista. A la venta en kioscos y en www.mavirockrevista.com.ar/comprar 

Edición Nº 37 (desde el 19/12 en los kioscos)

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