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KUBERO, DÍAS PARA AMANECER DESPIERTO

Llegó desde el interior para sumarse a aquella experiencia comunitaria que derivó en La Cofradía de la Flor Solar, banda platense, pionera del rock argentino, y semillero de ideas, amores y artistas. El presente lo encuentra a punto de editar su segundo disco solista, pero con incontables horas de vuelo en la profesión y otras dimensiones.

Domingo, 03 Enero 2016 | Por  Juan Mendoza | Fotos: Ariel Bacca

“Pasá… pero me vas a tener que esperar un toque. Me descolocaste con tanta puntualidad”, dice, entre risueño y azorado, mientras invita a pasar a su casa de Vicente López. Durante varios minutos se lo ve ir y venir de manera apresurada de un ambiente a otro hasta que, de pronto, detiene sus pasos y decide revelar el motivo de tantos movimientos furtivos: “Me agarraste justo cuando estaba por amasar pan. Vení, vamos para la cocina”.

Juan Fernando Díaz todavía era un niño cuando le pedía con insistencia a su madre que volviera a entonar la canción que ella solía cantar cada tanto, “Juancito el escobero”. Pero él, apresurando las palabras, la nombraba como “Juancito, el cobero… el cobero…”. Su padre encontró en esa pronunciación un modo de llamarlo y aunque él durante su infancia renegó de ese apodo, terminó por adoptarlo como nombre oficial: Kubero. Un apodo que, con el correr de los años, identificaría al músico que contribuyó a foguear la mística que ardió en los inicios del rock argentino.
“Yo empecé a tocar la viola a los seis años, gracias a mi viejo que también tocaba la guitarra y lo hacía muy bien. Él me enseñó cómo poner los dedos sobre las cuerdas. Cuando tuve nueve años, con algunos compañeros del colegio armamos una banda de folclore llamada Los Horneritos. Ahí tocaba zambas, chacareras, de todo…”. Kubero Díaz oscila los recuerdos de su infancia con situaciones de su presente actual de manera vertiginosa. Vierte la harina integral sobre la mesada al tiempo que exclama: “Estoy en crisis loco, ¿sabés lo duro que fue pasar este invierno? Mirá cómo tengo la piel…”. Sobre el dorso de sus manos y también en sus brazos se pueden ver profundas escoriaciones que, según asegura Kubero, es una reacción alérgica producto del estado de estrés al que estuvo sometido. “Se me juntaron muchas cosas… encima el último recital que tuve con León (Gieco) fue en marzo, loco, de ahí para acá todos estos meses tuve que remarla… Y ahora estoy peleándola para que salga mi disco”.
Kubero desaparece de la cocina y un segundo después regresa con un CD que coloca en un grabador. “¿Querés escuchar un adelanto mientras seguimos con la nota? Este tema se llama Palermo Viejo. La letra es de Miguel Abuelo, que me la dejó escrita poco antes de que partiera, para que yo le pusiera música”. Los temas que empiezan a sonar de fondo forman parte del disco que Kubero tiene planeado editar a la brevedad y que llevará por título AMANECERES. Será su segundo trabajo discográfico, luego del antológico KUBERO DÍAZ Y LA PESADA, editado en 1973. Los cuarenta y dos años de tiempo que transcurrieron entre un disco y otro, fueron para Kubero un torbellino de vivencias extremas donde se alternan estadías, poco menos que lisérgicas, en Ámsterdam, Ibiza y Buzios. Experiencias a las que hay que sumar su paso por bandas mitológicas como La Cofradía de La Flor Solar, La Pesada del Rock and Roll y Los Abuelos de la Nada.
“Sí, sí. Hay tanto para contar, y a todo eso hay que sumarle la familia, los hijos que van llegando…”, dice Kubero, y por primera vez su tono suena más pausado. Cuando menciona a su última hija, baja un poco más la voz y cuenta que acaba de fallecer, tenía apenas veintitrés años. Pero es el propio Kubero el que disuelve el inevitable silencio que acaba de surgir. Comienza a cantar sobre otra de las canciones que suenan de su, aún, inédito disco: “…te esforzás para ser un sujeto normal… y de hacer todo igual…”. Kubero canta, ríe y su mirada se vuelve cristalina, brillosa, ardiente. “¡Loco, este chabón es un genio y acá nadie lo conoce!”, exclama, refiriéndose al brasileño Raúl Seixas, autor de la canción “Maluco Beleza”, que Kubero versionó de manera exquisita para AMANECERES. Mientras repite el nombre del disco en voz alta, sus manos ahuecan la montaña de harina para un amasado que dejará inconcluso. “Y sí… Amaneceres… porque necesitamos ese sol después de tanta oscuridad, un poco de luz después de la tormenta”, dice entusiasmado, y con cada palabra que suelta parece encenderse aún más. Se endereza, mira directamente a los ojos y empieza a chasquear los dedos: “Es así, loco, ¿estás vivo? ¿Y ya te diste cuenta? Bueno, entonces dejá de hacerte el pelotudo y empezá a vivir”.

 

Entre ríos, entre artistas
Kubero Díaz nació hace sesenta y cinco años en Nogoyá, Entre Ríos. La impronta artística que irradiaba su familia fue la que guió sus pasos desde sus primeros años de vida. No sólo tuvo un padre músico, al que Kubero señala como su primer maestro, también su madre era amante de la música y en sus años jóvenes había sido parte del circo del pueblo. “Además estaba mi tío, Perico Flores, que era concertista de guitarra. Ese fue mi segundo maestro. Vengo de una familia muy loca. Mi casa era un teatro abandonado que mi viejo alquiló para vivir con su familia. Así que prácticamente me crié arriba de un escenario. Nosotros éramos cuatro hermanos, en el pueblo nos llamaban Los cuatro Díaz locos, porque estábamos en todas las movidas artísticas que se armaban”.
En los recuerdos de esos primeros años, Kubero se detiene un poco más en su hermana Coca, ya fallecida, que siendo muy joven comenzó a padecer trastornos mentales que se fueron agravando y de los que no logró recuperarse más. “Era una genia, no sabés como dibujaba, era profesora de piano, de una sensibilidad increíble”. Gracias a Coca conoció a quien sería su tercer maestro, alguien que, asegura, le enseñó todo lo que sabe: “Era amigo de mi hermana, se llamaba Miguel Pustilnik. Cuando tocaba, yo no lo podía creer. También fue el primero que me habló del cosmos y de las estrellas, de una visión cósmica de la existencia. Un tipo muy sabio. Esa fue mi base”.
El despuntar de su adolescencia se dio en simultáneo con el descubrimiento de una banda que forjaría gran parte del rumbo que tomaría su destino. “Yo ya había escuchado rock and roll. Elvis, esa onda, pero era música de moda. Un día cayó mi hermano y me dijo: Vos sabés que existe un grupo inglés que está buenísimo… Y me contó que lo pasaban todas las tardes en un programa de radio que transmitían desde Uruguay”. Kubero canta el tema de los Beatles “Love me do”. “Cuando escuché esa canción dije: ¿qué es esto loco? Los Beatles fueron una cosa fantástica, me cambiaron la croqueta para siempre”. Kubero no paró hasta aprender a tocar con la guitarra todas las canciones del grupo de Liverpool y durante un buen tiempo supuso que era el único de su pueblo que conocía a fondo los temas esa banda. “Hasta que en una fiesta del colegio vi que un chaboncito agarraba una guitarra y empezaba a tocar temas de los Beatles. Yo dije: ¡No puede ser! ¡Hay otro! Era Morci Requena, futuro bajista de La Cofradía. A los días me llamó Morci, porque quería que me sumara a su banda Los Grillos, que tenía junto al Manija Paz, que en ese entonces bailaba malambo y recitaba payadas. Después Manija terminaría siendo el baterista de la Cofradía”.
El mismo día que cumplía quince años, Kubero tuvo que sobrellevar el primer golpe fuerte que le daría la vida: “Ese día falleció mi vieja. Me quedé temblando como una pluma, perder a mi vieja y a esa edad… Ahí me aferré al rock and roll de una y para siempre”. Sin embargo, la experiencia de Los Grillos no tendría mucho futuro. Una vez finalizada la secundaria, Morci y Manija partieron rumbo a la ciudad de La Plata. Uno a estudiar periodismo y el otro, bellas artes. Allí, Manija conocería a un tal Ricardo Cohen, apodado el Mono y la historia de La Cofradía comenzaría a rodar.
Para Kubero el éxodo estuvo vedado, porque su padre quería que permaneciera en el pueblo y que se dedicara a trabajar. “Morci me venía a buscar todos los años, pero mi viejo no me dejaba ir. Una de esas veces escuchó cómo Morci trataba de convencerme para que me fuera, me hablaba de cómo vivían todos juntos en una casa en La Plata, de la contracultura, de la comunidad… Mi viejo me agarró después y me preguntó: Che ¿estos son evangelistas? Al final me dejó ir, pero me aclaró: Andate, pero no vas a recibir ni un mango por mes. Cuando llegué a La Plata ya estaba conformada La Cofradía. Me fui a vivir a esa casa y aluciné”.

 

La comunidad del anillo
Kubero llegó al reducto platense de los cofrades en 1968 con tan solo dieciocho años. Allí se reencontró con Morci Requena y Manija Paz, y conoció al Mono Cohen (Rocambole), que a ojos de Kubero era el que capitaneaba La Cofradía junto a Isabel, su compañera de entonces. Se sumó a la experiencia comunitaria y fue el guitarrista estable de la banda con la que llegó a presentarse en festivales como Pinap y el primer Buenos Aires Rock (B.A. rock), en 1970. “El único problema era que todos eran estudiantes universitarios y yo no iba a ninguna universidad. Así que cuando llegaba la hora del almuerzo todos rajaban al comedor de la facultad y a mí no me quedaba otra que pasarla a mate y pan duro. Me subía al techo de la casa y estaba horas tocando y componiendo. De esos momentos de hambruna salieron mis mejores temas de La Cofradía que después fueron a parar al disco que grabamos”.
Cuando se le pide algunas definiciones que puedan retratar aquel espíritu que mantuvo unido a sus integrantes, Kubero niega con la cabeza y luego responde: “El espíritu de La Cofradía era una cosa imposible de definir porque era vivir el aquí y el ahora. ¿Viste como dicen los sufis?: El momento, el lugar y la gente. Si están esas tres cosas, todo funciona. Esa era nuestra filosofía. Se vivía siempre el presente, y un presente creativo total. Vivíamos para eso. Nos levantábamos a las siete de la mañana y pum, al taller de artesanías. Y después, de la tarde hasta la noche, ¡rock and roll! Tocábamos ocho horas por noche, hacíamos zapadas infinitas. Así aprendíamos a tocar, no teníamos Internet, no teníamos nada que nos diera nada. Pero estábamos hermanados. El Mono siempre nos decía que nosotros deberíamos usar un anillo como símbolo de pertenencia a La Cofradía. Pero ese anillo terminó siendo un símbolo mental: sabemos quiénes somos los verdaderos cofrades. Ese anillo lo llevamos para el resto de nuestras vidas.” (...continúa) Lee la entrevista completa a Kubero Díaz publicada en la edición N° 33 de Mavirock revista. A la venta en kioscos de diarios y en www.mavirockrevista.com.ar/comprar

Edición Nº 36 (desde el 6/5 en los kioscos)

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