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JORGE ÁLVAREZ, TALENTO PARA DESCUBRIR TALENTO

Considerado el padre de los chicos, a fines de los sesenta creó un sello discográfico con el que editó más de treinta discos (Manal, Pappo, Miguel Abuelo, Vox Dei, Moris, Tanguito, etc.) que dieron inicio a la historia del rock argentino y lo acercaron a Perón.

Thursday, 07 February 2013 | Written by  Elizabeth Ambiamonte

Si partiéramos la historia de la cultura argentina en pedazos, el modesto trozo que correspondería al rock nacional exhibiría su nombre. En medio de los músicos y las bandas estaría él. Porque "con el talento no alcanza", según dice, y alguien debió abrir las puertas —que no existían— para demostrar que se podía. El 12 de noviembre de 1968, cuando todo era nada en un principio, en el Teatro Apolo se presentaba oficialmente Mandioca. Los artistas: Manal, Miguel Abuelo y Cristina Plate. Nacía nuestro rock, y el sello que interpretaba que la contracultura local estaba lista para producir su arte, y que había que inventar un espacio. Editorial Jorge Álvarez y Mandioca, la madre de los chicos (su slogan) dos marcas registradas que demostraron calidad y fundaron una nueva manera de producción y consumo.
Tres de la tarde, barrio de Boedo. Las coordenadas coinciden con el lugar exacto que un jueves soleado se encuentra Jorge Álvarez, editor, ochenta años, y gran parte de ellos dedicados a la difusión cultural y la creación de nuevos caminos. El padre de los chicos, si por "chicos" hablamos de los discos que iniciaron la historia del rock argentino: los primeros de Manal, Pappo, Miguel Abuelo, Vox Dei, Moris, Tanguito. Y luego con el sello Microfón-Talent: Pescado Rabioso, Sui Generis, Invisible, Billy Bond y La Pesada, y tantos más.
Pero todo había comenzado antes, en 1963, cuando el protagonista —reacio a recibir negativas a sus propuestas— decidió dejar la editorial en la que trabajaba, y abrir otra enfrente, en Talcahuano 485, con su nombre y apellido. Publicaron allí sus obras escritores como David Viñas, Rodolfo Walsh, Ricardo Piglia, Germán Rozenmacher, Manuel Puig, Félix Luna, Quino, y una numerosa lista. Difícil detener la enumeración sin sentir que se comete un acto de injusticia al elegir entre tantos autores de un catálogo que se convirtió en un tesoro para los coleccionistas.
Después de vivir 30 años en España, nuestro prócer está de vuelta en casa, sentado a la mesa, en la vereda de una parrilla de Boedo, una tarde cálida y soleada de agosto. El discurso de Jorge es cinematográfico, va del tono calmo al agudo sin perder gracia, elegancia y algunas expresiones castellanas como el trato de tú, rezagos del exilio. La mirada atenta, y con tono desafiante bromea:
—¿Cuánto me van a pagar?¨
—No sé, no tengo dinero.
—¿No sabés cómo hacer plata? —insiste Álvarez.
—Pensé que usted me iba a dar la fórmula.
—¿Qué es lo que querés saber?
—Bueno, estábamos hablando de cómo hacer plata. ¿Ha sabido hacerlo usted?
—Sí. Sí, la verdad que sí. Yo hice plata con lo que a mí me gusta. Con lo que le gusta a la gente. He hecho plata de muchas maneras. Lo que sucede es que el dinero es peligroso, porque te confunde, y a veces pensás que si te va bien económicamente es que lo estás haciendo bien, y no es cierto. Pero en principio hay que hacerlo por dinero, porque te permite más comunicación, te da posibilidades para hacer cosas.
—Y cuando usted empezó con la editorial ¿la intención era hacer plata?
—No, no tenía la intención de hacer plata. Pero necesitaba hacer dinero, porque no tenía.
—¿Y cómo hizo?
—Audacia. Audacia. Audacia.
Jorge Álvarez pronuncia esa palabra con la misma convicción que podría aplicarse a los últimos versos del Himno Nacional y, como para desacralizar, ofrece una fórmula:
—Te comprás un lindo vestido, de lycra. Si tenés un lindo pecho, que se note. Te ponés bien sexy y vas, golpeas: "Permiso". "¿Si? ¿Qué viene a buscar?". "Plata".
Podría parecer broma, pero la seducción ha tenido mucho que ver con el éxito que tuvieron las empresas de nuestro dandy porteño. En el Buenos Aires de las décadas del 60 y 70, invadidos por la influencia de la poesía beat, movimientos contraculturales, hippismo, el Mayo Francés, arte pop, el hedonismo y la sensualidad encarnados por ídolos como los Beatles, o los Rolling Stones, el Instituto Di Tella, los happenings, y los náufragos de Plaza Francia y La Perla, empezaban a mezclarse en una suerte de receta magistral a punto de ebullición, los jóvenes torcían la historia. En ese contexto la sensibilidad de nuestro protagonista le señalo el camino: la irreverencia. El marketing basado en superar el respeto que imponían los moldes del momento.
—¿Es muy exagerado decir que existió un Swinging Baires?
—No. Si aplicás bien la palabra, no.
—Descríbame ¿cómo era el clima de época?
—Como te lo imaginás: divertido, sociable. La gente tenía buena onda, estaban haciendo cosas que los divertían. Por lo tanto, trasladaban la diversión a lo que hacían. Más no te puedo decir.
—¿Y ahí no entraría este concepto que usted también suele usar, el de desacralizar?
—Más que con la diversión, con la actitud. Porque la gente en este país, no en todos, sino en éste especialmente, tiende a ser solemne. Y editar un libro es lo mismo que hacer zapatillas. Se sacraliza. Convertís lo que estás haciendo en sagrado. No.
Fueron muchos los aspectos que abarcó Álvarez. La estética, las tapas de Ronald Shakespear y Rubén Fontana, los lanzamientos. Talento para descubrir talentos. La creatividad al servicio de la popularización de la cultura.
—Sin riesgo no hay diversión. La diversión es muy importante para mí.
Quizás por eso también fundó la editorial Ediciones de La Flor, con Daniel Divinsky.
—La tuve que hacer para hacerme la competencia. Daniel era un chico inteligente, y terminó siendo un buen editor. Y un día le vendí mi parte.
Aunque dice que no siente nostalgia por los libros y discos que editó, por estos días Jorge Álvarez escribe sus memorias, tiene planes de rearmar la editorial y el sello discográfico, y está produciendo a Iwánido (banda de punk rock local).
—No tengo ninguno de los 300, 400 libros que edité, ni ninguno de los 40, 50 discos que hice.
—¿Y cómo hace para recordar los momentos que está relatando?
Hace una pausa y baja la mirada.
—No me hagas sonrojar. Me acuerdo como te acordás vos de las cosas que te provocan placer, u odio.
Todavía recuerda y describe escenas de su entrevista con Juan Domingo Perón en Puerta de Hierro, que en la perspectiva histórica parecen surrealistas.
—No te podés encontrar todos los días con Perón. Perón es el político más importante que ha tenido la Argentina. Independientemente de que te guste o no. Cómo te vas a olvidar. No tenés por qué asombrarte, porque es una situación única. Imaginate... yo hablar con Perón.
—¿Y en qué contexto fue la entrevista? ¿La planteó en un marco periodístico?
—No, qué entrevista periodística. Quería charlar con él, que me contara cosas que yo quería saber. Y él me contó. Y él preguntaba también. Y pedía favores... me decía: "Jorge tenés que organizar un acto de presentación de la fórmula Cámpora-Solano Lima. Hemos ganado las elecciones y hay que organizar un concierto de rock".
—¿Perón le pidió un concierto de rock?
—Claro. Yo le dije: "General, lo que pasa es que me parece medio fuera de lugar que Solano Lima y Cámpora, que andan con chalecos, suban al escenario con los rockeros". Perón me dijo: "Y sí, ¿por qué no?". Y le respondí: "Tiene razón. Por qué no, que suban".
—¿Usted le propuso alguna banda?
—Todas.
—¿Me las puede nombrar?
—Claro. Aquelarre, Color Humano, Vox Dei... todas las que había. ¿Qué le voy a proponer?
—¿Y qué pasó?
—Se hizo, como corresponde, en la cancha de Atlanta. Fue mucha gente.
Según el libro Historia del rock en Argentina (1987), de Marcelo Fernández Bitar, el concierto se hizo, pero en el estadio de Argentinos Juniors, el 31 de marzo de 1973. Aquelarre estuvo anunciado, pero Rodolfo García confirma que finalmente el grupo no se presentó. Quien sí estuvo ese día fue Billy Bond.
Sentado con las piernas cruzadas, Álvarez señala la ubicación que tenía cada uno en esa reunión.
—Perón parado acá, a su izquierda López Rega. Yo ahí, enfrente. Y Perón me guiña el ojo derecho, y me dice: "¿Le va a publicar el libro a Lopecito? Es bueno".
—Pero él me guiñaba el ojo. Y me decía: "Decile que sí, que se lo vas a sacar". Pero le dije que no, porque no escribía bien y era un horror, un mamarracho.
Álvarez comenta otros fragmentos de esa charla y los gestos afectuosos con Isabelita. Con extrañeza cuenta que Perón se dirigía a ella de modo muy cariñoso, y le decía: "¿Te vas al supermercado querida? No te olvides de comprar el coñac, que se acabó".
—¿Entonces le dijo que no iba editar el libro?
—A Perón le dije que no. A López Rega no me atreví.
Perón le pedía peras a Álvarez.
El sello Mandioca surgió en1968 como una necesidad, luego del encuentro entre Álvarez y los integrantes de Manal —por aquel entonces llamados Ricota— en la casa de Pirí Lugones, mujer del periodista Rodolfo Walsh, que trabajaba con Jorge en la editorial. Esa noche Jorge escuchó por primera vez "Avellaneda Blues" y quedó impresionado.
—Cuando me mostraron un tema, les dije: "Che, tráiganme la canción que la quiero escuchar más". Y me respondieron: "No está grabada, no la quiere nadie".
—¿Cómo fue para usted trabajar con los músicos?
—Primero me gustaba la música, después me gustaba lo que hacían ellos. Y lo que hacían ellos, no lo hacía nadie.
Álvarez canta "Avellaneda Blues", clásico de Manal, y repasa la lista de los artistas que estuvieron en Mandioca. Hoy nadie duda de la viabilidad del emprendimiento, pero a fines de los 60 no era seguro apostar al rock. Y Álvarez apostó. Pero luego de dos simples y un larga duración, con gran repercusión y éxito de venta, Manal se fue al sello RCA, donde editó en 1971 EL LEÓN. Circulan algunas historias sobre esos días, una de ellas dice que Álvarez intentó retenerlos, y para persuadirlos les ofreció ir a New York a comprar equipamiento, y que la salida se frustró por la ausencia de Javier Martínez. Pero Álvarez dice que esas versiones son ciencia ficción.
—Me llamó Alejandro Medina, eso sí es verdad, y me dijo: "Jorge, haceme un favor: tratá de que no nos vayamos de Mandioca, porque después de seis meses no vamos a existir". Y le respondí: "Alejandro, yo no puedo hacer eso. Si quieren irse, váyanse".
Luego del cierre de Mandioca, Álvarez fundó una subempresa de Microfón, Talent, sello con el que lanzó discos de Pescado Rabioso, Invisible y Sui Generis, entre otros. Una de las grandes obras que pasaron por sus manos fue ARTAUD, de Luis Alberto Spinetta. Álvarez recuerda el formato del disco irregular y lo que le dijo a Spinetta: "Usted está más loco que una cabra. Si quiere hacer esa tapa, que la hagan. Pero no la van a poder meter en las bateas, porque es imposible".
—En el sello Talent, las decisiones no dependía sólo de usted.
—Las locuras siempre dependen de uno.
—¿No tuvo problemas en tomar esa decisión? ¿Ni siquiera por los costos?
—No.
—¿Por qué se disolvió Mandioca?
—Porque vinieron los truhanes con dinero para que se fueran lo músicos.
—¿Y usted no tuvo ganas de buscar más bandas y seguir con ese sello?
—No. Con una experiencia de abandono, ya basta.
—Eso dolió entonces...
—Qué te parece... los olvidos y las traiciones son las cosas más dolorosas que existen.
Ahora, después de 40 años, mientras se acomoda en la silla del bar, dice que piensa que los integrantes de Manal se equivocaron.
—Que se jodan, por boludos.
A fines de la década del 70, el contexto político y la dictadura militar que estaba en el poder complicó su estadía en el país, Álvarez recibió amenazas y debió exiliarse. Se instaló en España. Había tenido la exitosa experiencia de Sui Generis, que se despidió con un concierto multitudinario en el Luna Park, y CBS le propuso repetir la fórmula en Europa. Le ofrecieron todo lo necesario para que formara una banda que lograra ser el Sui Generis español. Y Álvarez hizo el grupo Mecano.

 

(Nota publicada en la edición Nº23 de revista Mavirock)

Edición Nº 37 (desde el 19/12 en los kioscos)

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