Anotaciones sobre la tele
Hace algunos años nuestra tele se rompió, el técnico dijo que no se podía arreglar y por eso unas cuantas semanas después de quedar olvidada en un rincón José juntó un poco de ánimo y la cargó hasta el ascensor, la arrastró por el pasillo y la dejó en la vereda. Nos olvidamos del asunto.
Por Vera Land
En los ochenta yo había vivido durante dos años sin tele, en un departamento del tamaño de una caja de zapatos en Perú y Estados Unidos. A pocas cuadras vivía José con Ale, su pareja de entonces y aunque éramos vecinos y existían varios nexos sociales no nos conocíamos. En
esos días también ellos habían decidido no tener tele. Cuando José y Ale se separaron, ella se mudó a otro barrio y una tarde salió de su nueva casa con la plata en el bolsillo para comprar una gran tele, en el trayecto cambió de idea y compró un pasaje hacia algún lugar exótico que ahora no recuerdo. Ale era actriz y en ese viaje se enganchó con un grupo de teatro con el
que continúa dando vueltas por el mundo.
Esa anécdota, contada alguna vez al pasar, hizo que la ex de José me simpatizara a la distancia y sin conocerla.
Cuando yo era niña la tele era mucho más cuestionada que en la actualidad, al menos entre los adultos que me rodeaban. De hecho mis viejos, luego de casarse, resistieron todo lo que pudieron sin comprar una y claudicaron cuando mi hermana y yo estábamos en la primaria porque temieron que pudiéramos sentirnos diferentes a los otros niños.
El alunizaje lo vimos en la casa de mis abuelos que tenían una tele con una gran carcasa blanca, con ángulos curvos, muy pop. Por entonces yo tenía tres años y como en los días siguientes al alunizaje en casa giraron una y otra vez los discos de Los Beatles, por un corto tiempo estuve convencida de que los astronautas habían viajado hasta la luna a buscar esas canciones increíbles. Cuando me di cuenta de que las canciones de Los Beatles no tenían
ninguna relación con la luna me sentí aliviada por no habérselo comentado a nadie y por lo tanto haberme salvado de las burlas que esta tonta idea hubiera despertado.
Volviendo a José, es evidente que el desapego que ambos tenemos hacia el aparato familiar ha sido uno de nuestros tantos puntos de encuentro. Durante todos aquellos años en los que él vivía solo en la casa que ahora compartimos, cuando yo llegaba de visita los sábados por la tarde o cualquier noche en la semana, a veces la tele estaba prendida con un partido o un noticiero, de inmediato él la apagaba sin darle importancia al tema. No tengo ningún recuerdo de que en esos años nos hayamos sentado a ver tele juntos, siempre había cosas interesantes para hacer y cuando no, disfrutábamos de no hacer nada, ocio y contemplación.
Cuando al fin me mudé a su casa empezamos a mirar tele juntos, yo estaba embarazada, compartíamos un momento de alegría y tranquilidad y nos la pasábamos echados viendo tele, haciendo fiaca. Nos pusieron el cable justo cuando comenzó la segunda guerra del golfo. Visto desde hoy resulta incomprensible el motivo por el cual seguíamos las noticias de la guerra con tanto interés, pero en general pasa eso con casi todo lo que se ve en la tele: pasado el tiempo resulta asombroso el haberle dedicado tiempo a tal o cual programa.
Tengo recuerdos ridículos sobre otras épocas en las que miraba tele sola, en un tiempo había adquirido la costumbre de ver un canal extranjero de noticias todos los días antes de salir de casa, otro tiempo con un amigo seguíamos semana tras semana una serie cuyos capítulos eran
todos parecidos, siempre estructurados de la misma manera. La tele es eso: una repetición. El espectador quiere volver a ver lo mismo, quiere ver lo que ya conoce pero implora que se lo presenten como una novedad y para eso hay un ejército de expertos trabajando tras las cámaras; la consigna es renovar los envases y volver a presentar el mismo contenido una y otra vez, al infinito.
Luego de años de militancia en el noviazgo José y yo nos habíamos animado a convivir y nos dedicábamos a cuidar mi panza que iba creciendo mientras por primera vez el aparato estaba prendido entre nosotros. La suerte estuvo de nuestro lado y al tiempo la tele se rompió. Como ya dije, esa tele quedó muda en la vereda. Sin problema di inicio a una vida sin tele, con tiempos muertos, con silencios, con más música, música sin imagen, sin las contorsiones del cantante, sin los revoleos del p e l o del guitarrista.
Una de las sensaciones más gratificantes que da la tele es esa ilusión de ser parte del suceso aunque no se esté en el lugar donde transcurre.
Cuando no se ve tele se está fuera de grandes acontecimientos de masas trasmitidos a veces para medio planeta o para un país entero, se desconocen los temas del día que la tele marca, se ignora el enfoque siempre desmesurado a favor o en contra de tal episodio o persona, se ignora quiénes son las figuras del momento, las nuevas generaciones de actores, de animadores, los estrenos de miniseries que se transforman en obsesión para comunidades de espectadores. Cuanto más tiempo pasa más lejos se está de ese universo irreal lleno de platinados, prótesis y maquillajes. Llega un momento supremo en el que se descubre, con fascinación, que se han olvidado las célebres voces de las decrépitas animadoras, de los cínicos conductores, se desconocen las melodías de las publicidades, las letras de las canciones de las cortinas, todo ese universo por siempre mersa ha caído en un agujero
negro.
Todo tiempo grandioso tiene su fin, termino este texto justo a tiempo, mientras están entrando nuestra nueva tele. Al fin voy a poder volver a ver la Fórmula 1.


















